Caminar por la Avenida 9 de Julio y tomarse una fotografía con el Obelisco de fondo es un ritual casi obligatorio para cualquier visitante; sin embargo, muy pocos tienen el privilegio de conocer su interior. Este gigante no es solo un monumento para ser admirado desde el suelo, sino que desde su cima se transforma en el punto panorámico más codiciado de la Ciudad de Buenos Aires.
Subir a su mirador es una experiencia que trasciende lo turístico permitiendo al visitante contemplar la Ciudad desde un punto clave.
Historias y curiosidades de un gigante de hormigón
Ubicado en el cruce de las avenidas Corrientes y 9 de Julio, este monumento histórico nacional es una obra de ingeniería notable de 67.5 metros de altura. Fue inaugurado en 1936, para conmemorar el cuarto centenario de la primera fundación de la Ciudad.
El diseño estuvo a cargo del arquitecto Alberto Prebisch, quien lideró una construcción que se completó en apenas 31 días. Para su revestimiento original se utilizó piedra blanca de Córdoba, aunque posteriormente fue reemplazada por revoque pintado para facilitar su mantenimiento ante el desgaste urbano.

El emplazamiento del monumento posee una carga histórica fundamental. En este mismo solar se levantaba la iglesia de San Nicolás de Bari, demolida para la construcción de la avenida, y fue precisamente en la torre de esa iglesia donde se izó por primera vez la bandera argentina en la Ciudad de Buenos Aires en 1812. Al recorrer la base del Obelisco, diversas placas conmemorativas dan testimonio de estos hitos y complementan lo que dicen sus cuatro caras: cada una recuerda un hecho distinto, incluyendo las dos fundaciones de la Ciudad, su federalización y la mencionada jura de la bandera.
Vistas desde la cumbre: la Ciudad a 67 metros de altura
Lo que antes era una aventura reservada para pocos, hoy se transforma en una invitación abierta a descubrir la Ciudad. El ascenso al Mirador del Obelisco, que históricamente implicaba subir una escalera de hierro de 206 escalones en línea recta por el interior del tubo de hormigón, ha cambiado.
La experiencia comienza subiendo ocho escalones hasta el ascensor interno, con uno de sus laterales vidriado, lo que permite observar la crudeza y la magnitud de la estructura interna mientras se asciende hasta el nivel 55. El viaje dura apenas un minuto y se completa subiendo una escalera caracol de 35 escalones finales.
Al completar el recorrido, se accede a la cúspide, situada a 67,5 metros de altura. La experiencia se complementa con una narración histórica y cultural sobre el monumento.
En la cima está el mirador, un recinto pequeño con cuatro ventanas rectangulares, orientadas estratégicamente a los cuatro puntos cardinales, para admirar en todo su esplendor a la Ciudad de Buenos Aires.

Hacia el norte y el sur, la Avenida 9 de Julio se extiende mostrando los carriles del Metrobús y edificios emblemáticos como el Ministerio de Desarrollo Social, con los murales de Eva Perón. Hacia el este y oeste, la Avenida Corrientes dibuja su traza iluminada. Un detalle que solo se puede apreciar bien desde esta altura es el famoso “Chalecito” de la mueblería Díaz, una pequeña casa construida en la terraza de un edificio vecino, una de las tantas curiosidades arquitectónicas que la Ciudad esconde en sus alturas.

Ten en cuenta que la edad mínima para subir es de 4 años, y que, por limitaciones técnicas y de seguridad, el mirador no es accesible para sillas de ruedas o personas con movilidad reducida.
Si quieres conocer la Capital desde todas sus perspectivas, ascender a la cima del Obelisco es una cita impostergable. Esta renovada experiencia transforma al ícono porteño en más que una postal para admirar desde el llano; desde arriba puedes conocer la inmensidad de Buenos Aires desde un ángulo privilegiado. No dejes pasar la oportunidad de contemplar la Ciudad desde una perspectiva distinta: prepárate para una vista que, garantizamos, te dejará sin aliento.
